Articulo

La inspiración de Mark Constantine

Equipo LUSH

¿Qué es lo que mueve al hombre detrás de la marca? Con el lanzamiento de la biografía escrita por Jeffrey Osment cada vez más cerca, Mark Constantine conversa sobre el impacto de las primeras pérdidas en su carrera y de como superar el fracaso.

Una personalidad obsesiva
Vivo obsesionado. Pero no como un estado pasajero, sino como un rasgo de mi personalidad. No existe otra opción. Cuando la gente se acerca a mí y me dice ‘Me gustaría ser emprendedor’, como si se tratase de una elección profesional, no puedo evitar pensar: ‘¡No, no quieres! ¡Te aseguro que no quieres!’ Al comenzar mi negocio, no tenía dinero. Ni si quiera un hogar. Todos los días pensaba en cómo hacerlo funcionar. Y poco a poco te vas acostumbrando a tu día a día. Y sin darte cuenta acabas desarrollando esa obsesión. No puedes desarrollar un rasgo de personalidad diferente. Es imposible.

Jeffrey (Osment, autor de Dear John: Road To Pelindaba) está convencido de que el origen de mi motivación es la necesidad de probarle algo a mi padre ausente. Pero, si esto es cierto, ¿Por qué no puede ser para demostrarle algo a mi abuela, que murió cuando yo tenía once años? Nunca se sabe sabe. Es cierto que, mientras que otras personas viven este aprendizaje entre los cincuenta y los sesenta años, cuando experimentas la pérdida a una edad temprana aprendes desde muy pequeño que todo tiene un final. Y eso te ayuda a ponerte en marcha. Yo fui criado por mi abuela. La amaba muchísimo y ella a mi.

La Tiranía de la felicidad
Hay personas que me preguntan sobre cómo lo hago para motivarme durante un mal día y cambiar de actitud. Y no puedo evitar preguntar… ¿Por qué tengo que cambiar mi estado de ánimo? Es posible que desee regocijarme en él. Tal vez solo me apetezca lamentarme. O gemir durante todo el día hasta que me vaya a dormir y despertarme de mejor humor al día siguiente. Simon Emmerson lo llama la ‘Tiranía de la felicidad’.

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La herida del empresario
Creo que alguien acuñó la expresión ‘La herida del empresario’ para explicar que muchos empresarios guardan en su historia personal algún acontecimiento especialmente complicado. El mío es bastante sencillo: mi padre nos abandonó cuando yo tenía dos años y a mi madre le costó mucho superarlo.

Fui criado por tres mujeres: mi tía, mi madre y mi abuela. Todas ellas con sus propios problemas de abandono. Mi abuela sobrevivió a las 2 grandes guerras. Fue propietaria de una tienda de ultramarinos en Dorchester hasta que mi abuelo murió, a la edad de 50 años, justo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento tuvo que vender su negocio. Mi madre sufrió la polio y la difteria. Las 2 veces la ingresaron en un hospital de aislamiento. Nos contaba como recordaba a las enfermeras mirando a través del cristal. Una vez pudo continuar con su vida, su mundo se derrumbó cuando mi papá la dejó a los 22 años. En cuanto a mi tía, no estoy muy seguro de cuál fue el motivo, pero acabó siendo alcohólica, y después de sellar un pacto con su esposo, acabaron cometiendo suicidio.

Con 17 años me peleé con mi padrastro y me fui de casa. Acabar en la calle sin hogar ayudó a reabrir mi herida. Durante los siguientes 10 años no volví a levantar cabeza. Pero no sientas lástima por mí. Solo fue una parte de mi vida. Una parte que casi conseguí olvidar cuando conocí a mi esposa a los 17 años y comencé a construir una maravillosa vida junto a ella.

Como ya dije, los empresarios pueden volverse obsesivos. La obsesión les lleva a apasionarse con lo que hacen y esto puede acabar manifestándose de muchas maneras. Lo más habitual es que terminen construyendo un negocio de gran valor, al que aman profundamente, y que a menudo no saben qué hacer con él.

El fracaso

Como ya dije, a la edad de 20 años la vida me dio un duro golpe. Por esa época conocí a mi primera socia comercial, Liz Weir (una colega que conocí mientras trabajaba por cuenta propia en una peluquería local en Poole, Reino Unido). Queríamos abrir una clínica natural de belleza y peluquería en Poole High Street, y así lo hicimos. La llamamos The Herbal Hair and Beauty Clinic. Yo hacía fiestas de henna y ella hacía tratamientos de belleza. ¡Fue un enorme fracaso! No teníamos dinero y acabamos realizando 3 charlas a la semana en el Instituto de la Mujer o en el de jóvenes adolescentes solo para ganar lo suficiente para sobrevivir.

Y así estuvimos durante 2 largos años. Esperando con tristeza la oportunidad de construir nuestro gran negocio. Nos pagaban £5 por noche por cada charla. La parte positiva es que ganamos bastante experiencia y cuando llegó el momento de hablar con nuestro personal sobre estética y cabello, éramos todo unos expertos.

Comenzar de nuevo a los 60
Aunque la última vez que vi a mi padre yo tenía 2 años, todavía llevo su nombre, Constantine. Nunca adopté el nombre de mi padrastro. Recuerdo que en un momento de nostalgia hice un perfume llamado Dear John, basado en el olor de una chaqueta que había dejado cuando se marchó. No llegué a conocerle, pero aún así dejó un enorme vacío. Tan grande como mi “herida de empresario”.

Jeff comenzó a investigar y localizó a una tía con la que perdí el contacto hace mucho tiempo, mi tía June. Todavía vivía en casa de mi abuela paterna. Una casa con un pequeño desván donde todavía estaba guardado su bolso. Y dentro de él, unas fotos. También encontraron un sobre de correo aéreo que mi padre había enviado desde Pelindaba. Jeffery conocía Pelindaba. Era un centro de investigación nuclear sudafricano con sede en Johannesburgo donde estuvo grabando algunas películas.

Un día quedamos para cenar y me dijo que había localizado a mi tía June. Después de una pausa me preguntó si quería buscar a mi padre. Me preocupaba el rechazo, pero le dije que sí. Así que Jeff se puso manos a la obra. Siguió la conexión de Pelindaba, llamó a la oficina de pensiones para ver si tenían a algún John Constantine registrado. Y eso hicieron… Mi hermana Jo todavía trabajaba allí, y vivía con nuestro padre.

Jeff encontró a mi padre. También encontró a mis hermanas. Habló con ellas por teléfono sobre mi tía June y sobre mi, pero no me conocían. Mi padre era sordo, así que con él no pudo comunicarse. Cuando tuvo la oportunidad de hablar con mi hermana Jo, ella le contó que sí sabía de mi existencia y que había tratado de encontrarme.

Tomé un vuelo y viajé hasta Sudáfrica. A mis 60 años, me encontraba al otro lado del mundo sopesando qué es lo que iba a hacer. ¿Iba a seguir centrado en construir y hacer crecer mi negocio o era el momento de un cambio? Lo que más me impresionó es que una vez hablé con mi padre me contó que estuvo trabajado para el centro de investigación nuclear en la época en la que se desarrollaron las bombas nucleares. Durante ese tiempo se había convertido en un alcohólico. Cuando se retiró a los 60 años, consiguió hacerse con el control de su vida, dejar el alcohol y comenzar su propio negocio. Había resuelto su vida a la edad de 60 años.

Así que volví del viaje completamente entusiasmado y comencé mi propia vida otra vez a los 60. Debo admitir que durante un momento me pregunté si conocer a mi padre me cambiaría … bueno, más que cambiarme, cúrame, pero no fue así. Sin embargo, sí llenó de esperanza donde antes había vacío y gracias a ella pude dar el siguiente paso.

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